Mil perdones por haberos tenido abandonados/as durante las últimas semanas pero desde que mi jefe volviera de sus vacaciones he estado sumido en una espiral de curro bastante intensa y se me ha hecho difícil encontrar un huequillo para escribiros. Este mes, al igual que el anterior, ha sido bastante bueno. Los estudiantes regresaron a la universidad. Pensé que iban a tomarse unas largas vacaciones hasta Septiembre, pero apenas estuvieron fuera unas semanas. En la mayor parte de las universidades de EEUU, uno tiene dos opciones durante el trimestre de verano, largarse, o matricularse de otras tantas asignaturas en plan intensivo y acabar antes la carrera. Por supuesto, el campus está lleno de carteles animando a lo segundo. Contaros que mi curro aquí ha finalizado. Por fin he terminado los análisis del proyecto de Puerto Rico, mi contribución para el artículo sobre restauración ecológica y la revisión que me encargaron para la revista “Forest Ecology and Management”. También me ha dado tiempo a reenviar las nuevas versiones de dos de los artículos de mi tesis. Me ha cundido. He seguido yendo a la piscina, me he acostumbrado al tórrido calor veraniego del sur de Nevada y he salido unas cuantas veces con la gente que he conocido durante estos meses atrás. Por supuesto, acudí a ver la final de la eurocopa a un pub inglés (¡¡CAMPEOONES, CAMPEOONES, OE, OE, OE!!) y conocí a los otros tres españoles que viven en Las Vegas; un santanderino muy majete de cuarenta años que es piloto de helicópteros y un par de idiotas, el uno de Málaga y el otro de Madrid, que celebraron el final del partido sacando una enorme bandera franquista. Contaros a modo de anécdota que los propietarios del local pagaron a tres gringos y a tres mexicanos para que se pusieran, respectivamente, las camisetas de la selección alemana y española, y animasen a ambas durante el partido. Las Vegas.
Y ya me estoy marchando. Estos seis meses se han pasado volando. Han sido dos meses primeros en los que todo me parecía nuevo y prometedor, dos meses segundos en los que Estados Unidos me dio un bofetón en la cara, y dos meses terceros en los que, una vez conocido el percal, las cosas han empezado a estar un poco mejor. Tengo la sensación de irme cuando empiezo a no estar tan sólo y a acostumbrarme a este sitio extraño. Una parte de mi quiere quedarse, pero otra, más tenaz e insistente, me repite una y otra vez que este no es mi lugar, y que sin el trabajo que he estado haciendo estos meses, no pinto nada en Las Vegas. Ya os lo decía en el otro correo.
En estos momentos me siento muy afortunado de haber estado aquí. Durante estos meses he tenido la oportunidad de dar un empujón bastante fuerte a mi carrera científica y de conocer el Estados Unidos de verdad, que es bien diferente del que tenemos en nuestro imaginario europeo, excesivamente contaminado por las atractivas imágenes de sitios como Nueva York, Chicago o California. En California precisamente es donde he estado de mini-vacaciones los últimos seis días. El lunes pasado terminé todo lo que tenía que en Las Vegas y me marché a Los Ángeles, donde me he acoplado en casa de un amigo que vive en Hollywood, y al Parque Nacional Sequoia, que está en la “Sierra Nevada” (así, en español), tres horas al norte. Este último lugar me ha parecido un sitio indescriptiblemente hermoso; árboles milenarios enormes como torres, cumbres nevadas, ríos tumultuosos, y profundos valles recubiertos de encinas y castaños que le traen a uno imágenes de Monfragüe y la sierra de Gredos. Los Ángeles me ha gustado, no es una ciudad bonita, pero me ha parecido luminosa, abigarrada, viva. California es un universo mediterráneo y particular en el que la gente tiene un rollo más relajado y más en contacto con el mundo exterior que en otros lugares del país. Es como si la “América” absorbente y absoluta que domina el interior se difuminase a orillas del Pacífico.
Seguramente Las Vegas no sea la peor ciudad de los EEUU para vivir, pero tampoco es la mejor, y durante este tiempo me ha resultado bastante difícil “encontrar mi hueco” en ella”. Y eso que me he esforzado. Echaré de menos algunas cosas, los cafés y las barbacoas del departamento, las charlas con mi jefe, los pocos sitios de la ciudad que he podido domesticar, la manzana del “Beauty bar” en downtown, las copichuelas de gratis en los casinos, el restaurante vietnamita de “Spring Mountain”, los tacos mexicanos y los taxistas etíopes, mis escapadas de fin de semana al desierto de Nevada con sus paisajes sombríos e inquietantes que piden abducciones extraterrestres y canciones de U2, las gasolineras desvencijadas y los rancheros huraños. Echaré de menos también a algunas personas que me han ayudado muchísimo y a las que he cogido cariño. No son demasiadas, pero sin ellas mi estancia aquí hubiera sido mucho más difícil.
Echaré de menos algunas cosas, ya os digo, sin embargo, tengo ganas de recuperar Madrid. No sé por cuanto tiempo estaré allí, pero el caso es que empiezo a cansarme un poco de estos correítos tan moñas y quiero veros, y contaros, en persona. Pues eso, que llego el Viernes.
Y ya me estoy marchando. Estos seis meses se han pasado volando. Han sido dos meses primeros en los que todo me parecía nuevo y prometedor, dos meses segundos en los que Estados Unidos me dio un bofetón en la cara, y dos meses terceros en los que, una vez conocido el percal, las cosas han empezado a estar un poco mejor. Tengo la sensación de irme cuando empiezo a no estar tan sólo y a acostumbrarme a este sitio extraño. Una parte de mi quiere quedarse, pero otra, más tenaz e insistente, me repite una y otra vez que este no es mi lugar, y que sin el trabajo que he estado haciendo estos meses, no pinto nada en Las Vegas. Ya os lo decía en el otro correo.
En estos momentos me siento muy afortunado de haber estado aquí. Durante estos meses he tenido la oportunidad de dar un empujón bastante fuerte a mi carrera científica y de conocer el Estados Unidos de verdad, que es bien diferente del que tenemos en nuestro imaginario europeo, excesivamente contaminado por las atractivas imágenes de sitios como Nueva York, Chicago o California. En California precisamente es donde he estado de mini-vacaciones los últimos seis días. El lunes pasado terminé todo lo que tenía que en Las Vegas y me marché a Los Ángeles, donde me he acoplado en casa de un amigo que vive en Hollywood, y al Parque Nacional Sequoia, que está en la “Sierra Nevada” (así, en español), tres horas al norte. Este último lugar me ha parecido un sitio indescriptiblemente hermoso; árboles milenarios enormes como torres, cumbres nevadas, ríos tumultuosos, y profundos valles recubiertos de encinas y castaños que le traen a uno imágenes de Monfragüe y la sierra de Gredos. Los Ángeles me ha gustado, no es una ciudad bonita, pero me ha parecido luminosa, abigarrada, viva. California es un universo mediterráneo y particular en el que la gente tiene un rollo más relajado y más en contacto con el mundo exterior que en otros lugares del país. Es como si la “América” absorbente y absoluta que domina el interior se difuminase a orillas del Pacífico.
Seguramente Las Vegas no sea la peor ciudad de los EEUU para vivir, pero tampoco es la mejor, y durante este tiempo me ha resultado bastante difícil “encontrar mi hueco” en ella”. Y eso que me he esforzado. Echaré de menos algunas cosas, los cafés y las barbacoas del departamento, las charlas con mi jefe, los pocos sitios de la ciudad que he podido domesticar, la manzana del “Beauty bar” en downtown, las copichuelas de gratis en los casinos, el restaurante vietnamita de “Spring Mountain”, los tacos mexicanos y los taxistas etíopes, mis escapadas de fin de semana al desierto de Nevada con sus paisajes sombríos e inquietantes que piden abducciones extraterrestres y canciones de U2, las gasolineras desvencijadas y los rancheros huraños. Echaré de menos también a algunas personas que me han ayudado muchísimo y a las que he cogido cariño. No son demasiadas, pero sin ellas mi estancia aquí hubiera sido mucho más difícil.
Echaré de menos algunas cosas, ya os digo, sin embargo, tengo ganas de recuperar Madrid. No sé por cuanto tiempo estaré allí, pero el caso es que empiezo a cansarme un poco de estos correítos tan moñas y quiero veros, y contaros, en persona. Pues eso, que llego el Viernes.
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