domingo, 2 de marzo de 2008

Primera semana



Mi primera semana en Las Vegas ha resultado ser, posiblemente, una de las más surrealistas de mi vida, y juro por lo que sea que tengo unas cuantas a mis espaldas. Durante los tres primeros días me quedé en casa de Lawrence (Lars) Walker (mi jefe) y su esposa Libby, y me dediqué básicamente a la buscar casa, a hacer recados, y a hacer papeleos en el departamento. Luego he estado cuatro días en Puerto Rico, sí, como lo oís, en Puerto Rico del Caribe, y luego, he vuelto a casa de Lars y Libby y me he vuelto a dedicar a las mismas tareas que al principio. Creo que jamás he cogido tantos aviones en tan poco tiempo. De seguir así, este año mi “huella ecológica” va a subirse a la estratosfera por mucho que siga yendo en bici al curro y comiendo verdurita ecológica.

Empezaré por lo básico; mi vuelo de ida a los EEUU con escala en Philadelphia y con un inquietante sobre del “Department of Homeland Security” (DHS) (Departamento de Seguridad Interna) grapado a mi pasaporte. No hubo ninguna pregunta difícil durante la entrevista que me hicieron en la aduana, sí el aparatoso ritual de las huellas dactilares y la foto digital. Lo que si me hicieron fue abrirme la maleta. Y lo hicieron sin que yo estuviera delante, en la escala que hice en Philadelphia. No os imagináis la mala ostia que me entró cuando abro mis cosas en Las Vegas y me encuentro todo revuelto, distinto a como lo dejé en Madrid, y una nota del DHS; “... we apologize for the inconvenience caused”. Eso se llama educación.

No fue una buena bienvenida, pero Lars y Libby compensaron de sobra el trato humillante de los funcionarios de aduana con la acogida que me brindaron durante los primeros momentos. Su casa está en Boulder City, un pueblo de 4000 habitantes a 40 Km de Las Vegas, y es un lugar encantador. Construida en los años treinta, en madera, tiene un tamaño extrañamente humano y acogedor para lo que se ve por aquí, y por dentro está llena de máscaras indias, batiks, edredones y tapices caseros, libros de ecología, política y cocina vegetariana, y discos de jazz. Un lugar de esos en los que uno se siente a gusto venga de donde venga. Aluciné con el paisaje de los alrrededores de Boulder City y de Las Vegas, por supuesto; un desierto implacable plagado de llanuras plomizas y sobrecogedoras, montañas arrugadas y arbustos extraños, diferentes a todo lo que he visto nunca. También me gustó el campus de la UNLV, moderno, funcional y lleno de avenidas orladas de palmeras, plazuelas con mesas, edificios “temáticos” (auditorios, bibliotecas, centros de investigación), y pequeños “arboretos” que son pequeños jardines botánicos en los que se muestra la vegetación del desierto. En el departamento se respira un ambiente bastante bueno y los despachos de los profesores, los becarios y los investigadores contratados son amplios y luminosos. Vamos, que dan ganas de currar.

Ha sido difícil, sin embargo, la búsqueda de un lugar para vivir, y la mayor parte de las casas que he visto me han parecido sencillamente horribles. En general he encontrado dos tipos de lugares; casas compartidas y apartamentos. Las casas compartidas son el equivalente a nuestros pisos compartidos y suelen estar habitadas por estudiantes y trabajadores jóvenes (lo que serían los “mileuristas” de aquí). Muchas de las que están disponibles aparecen en la “craiglist”, una página web dedicada a poner en contacto a gente que busca casa y que compra y vende cosas de segunda mano. La mayor parte de las que he visto eran lugares grandones y feos, desangelados, y entre sus habitantes se respiraba un individualismo hiriente, bastante chungo. En las casas me he encontrado también, con muchísima gente mayor, solitaria y desesperada, que viene a esta ciudad a buscar la oportunidad que su lugar de origen no les ha brindado. La mayoría de estas personas tiene una mirada huidiza, triste, y vive rodeada de muebles viejos y facturas que no puede pagar. No, las casas no eran precisamente acogedoras, sin embargo, los “apartamentos” resultaron ser sencillamente horribles. La mayor parte de ellos forman parte de edificios aislados de una o dos plantas, a veces, en largas hileras que son como de pesadilla. Muchos de ellos están pintados de color marrón o gris sucio (toma ya el gusto estético de esta gente) y tienen por ventanas estrechas franjas rectangulares. Eso sí, casi todos cuentan con aire acondicionado, televisión por cable e inmensos aparcamientos alrededor, grandes como no he visto en mi puta vida. Dependiendo del precio, los apartamentos son ocupados por hombres de negocios, representantes comerciales, trabajadores de otras ciudades, o gente con pocos recursos. Yo, de momento, aspiro a los últimos.

En uno de los sitios que visité tuve la sensación de que vivir allí sería como vivir en el traspatio de un “Carrefour” o de Mercamadrid; asfalto y coches por todas partes, cubos de basura, buzones que parecían nichos y alguna palmerucha encorvada “decorando” la escena. Ni árboles, ni balcones, ni lugares para hacer vida comunitaria... ni un sólo detalle que inspirase habitabilidad o ternura. Para rematar la escena, estaba atardeciendo y la luz era pobre, y en el cielo, a lo lejos, un gigantesco avión militar de la cercana base de Nellis levantaba el vuelo haciendo un ruido insoportable; encantador. La peor favela brasileña, el más hediondo barrio de chabolas de centroamérica, o incluso nuestras “Barranquillas” repletas de yonquis pinchándose eran más acogedoras que aquel lugar, seguro. Los “apartamentos” tienen una relación calidad/precio desastrosa, y suelen estar sin amueblar, así que, como no quiero fundirme la pasta en un sitio que no me gusta ni pasar una semana entera pensando en comprar muebles de segunda mano, los mandé a la mierda enseguidita.

Por suerte, encontré casa ayer. Voy a vivir con dos chicas, una yanqui de Nuevo México que trabaja de enfermera y una mexicana de Sinaloa, bastante guapa, por cierto, que curra de camarera en un casino y estudia Psicología en la UNLV. Es una vivienda de una planta en un “suburb” o barrio residencial (aquí no hay otra cosa), en la que ya llevan varios años. Es sencilla, pero parece un hogar (algo a lo que el resto de sitios que he visto no llega ni por asomo). En cuanto entré me gustó; telas en los sofás, incienso, dos gatos... hablaban mucho y rápido, en inglés y en español, y me invitaron a un zumo de frutas natural que me supo divino. En la breve conversación que tuvimos, Karla, la mexicana, me dijo que admiraba a Zapatero por haber retirado tan rápido las tropas de Irak tras haber ganado las elecciones “es raro que un político se arriesgue a cumplir sus promesas tan rápido”, me dijo. Definitivamente, era el sitio. Mañana me mudo y no sé que pasará a partir de ahora, pero el lugar me da buena espina.

Aún así, la casa de Karla y Rachel tiene un problema, que está un poco lejos de la UNLV. Y en esta ciudad el transporte público es una entelequia, y no me apetece comprarme un coche. Hoy le he pedido prestada la bicicleta a mi jefe y he hecho el recorrido hasta allí para ver cuanto se tardaba; 35 minutos. Más o menos como ir desde el Paseo Sta María de la Cabeza 67 al metro Concha Espina, donde tenía el curro de los arbolitos. Sí, lo habéis adivinado, me he comprado una bicicleta, bueno, la he encargado en una tienda de Boulder City y el jueves me la dan con portaequipajes y luces delanteras y traseras. A uno u otro lado del Atlántico, ¡ciclistas al poder!.

Bueno, llevo ya un par de folios y no quiero que me odiéis para el resto de vuestras vidas, pero os contaré algo sobre la ciudad. El único adjetivo que se me ocurre para la misma es DEMENCIAL. Como suponía, no he visto aún demasiados casinos y mi día a día va a estar bastante lejos de ellos. Estuve en uno el miércoles de la semana pasada porque quería cambiar de euros a dólares y me dijeron que en la mayor parte de ellos el cambio era muy bueno. Resultó serlo (1.52), y ya que estaba allí aproveché para recorrer el “Boulevard” y “Fremont Street”, las dos zonas donde están la mayor parte de estos lugares. Los casinos del “Boulevard” le cortan el aliento a uno con el despliegue de horterez montana y surrealismo extremo que se marcan. Son un concepto de culto al dinero muy “Xanadú” y le encantarían a Jesús Gil si todavía viviera, así como a la mayor parte de los habitantes de Madrid, la Comunidad Valenciana y los Monegros, por ejemplo. Los de Fremont Street, sin embargo, son más pequeños y tienen un toque “canalla”, setentero y decadente, que mola MUCHO. Están rodeados de restaurantes chinos y tailandeses, y entre ellos hay alguna calle poco recomendable, con yonquis, putillas y esas cosas que tiene la ciudad. En cuanto al resto de “Las Vegas” no es más que una eterna sucesión de espacios desmesurados en los que el automóvil es el rey INDISCUTIBLE del espacio urbano; avenidas con cinco carriles a cada lado, aparcamientos que parecen pistas de aterrizaje, Wal-Marts, gasolineras, y como no, “suburbs”. Se extrañan los sitios pequeños, recogidos, abarcables. Hay aceras, pero el campus de la UNLV es el único lugar de la ciudad en el que, de momento, he visto bancos y plazas PÚBLICAS. En el resto, es imposible socializar sin pagar. Estoy convencido de que estoy conociendo los EEUU de verdad; Nueva York es Londres con más rascacielos y más latinos.

También os diré algo sobre el curro. Quien me paga es LTER, que son las siglas de “Long Term Ecological Research”, un programa de la “National Science Foundation” para estudiar los cambios en los diferentes ecosistemas (que llaman “unidades”) del país a largo plazo. Teoricamente venía a trabajar con la “unidad LTER” del desierto Mojave y las “Spring Mountains”, aquí al lado, sin embargo, después de haber estado en Puerto Rico, y considerando mi ramalazo tropical (hablo desde lo académico, no penséis mal) mi jefe ha decidido que voy a trabajar con los datos que recogimos en el 2005 para el proyecto que tiene en esta isla, que también está dentro de LTER. He pasado de vivir en Madrid trabajando con datos de Nicaragua a vivir en Las Vegas trabajando con datos de Puerto Rico. Lo intento, pero no salgo del absurdo. Por lo menos trabajo con datos que YO MISMO he tomado y sobre lugares en los que HE ESTADO, lo que empieza a ser un tanto infrecuente en el mundillo de la Ecología (los que están en el ajo saben de que hablo). Ya os contaré más cuando empiece de verdad.

Deciros también, y con esto ya acabo, prometido, que los cuatro días que estuve en Puerto Rico, aunque tuve poco tiempo libre, me trajeron una avalancha de recuerdos muy buenos. Es extraña esa isla. Cuando estuve allí en el 2005 llegaba desde España y me pareció una especie de yanquilandia tropical infumable. Esta vez llegaba desde yanquilandia y Puerto Rico se me hizo genuinamente latinoamericano, saturado de ruido, color, exuberancia. Hubo un detalle revelador, el segundo día estábamos comiendo en una plaza cercana a donde tuvo lugar el congreso, en el barrio universitario de Río Piedras, y una canción que llegaba de una casa cercana se me metió en el oído y me produjo un latigazo por todo el cuerpo. Era “Óleo de mujer con sombrero” de Silvio Rodríguez. Me sentí en casa, mucho más cerca de mis recuerdos y mucho más cerca de vosotros... bueno, de ti no especialmente, Luigi, pero dejémoslo ahí.

Otro día os hablo de Obama y de Hillary Clinton.

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