La última vez que os escribí estaba a la espera de una reunión con mi jefe el día 13. Desde entonces han pasado muchas cosas, algunas bastante buenas y otras, especialmente una que ha ocurrido hoy, no tanto. Empezaré por las primeras.
La reunión ansiada llegó, pasó, y ahora tengo unas cuantas carpetas, un puñado de libros de estadística y un CD más en mi escritorio. A todo este material he estado dedicado en cuerpo y alma durante los últimos días, especialmente el CD. El proyecto en el que voy a trabajar lleva rodando desde hace ocho años y hay LA PILA de datos. Creo que no había trabajado con archivos de excel tan grandes en mi vida, y los que os dedicáis a esto sabéis de sobra que la estadística es una novia generosa, pero que exige sus mimitos. En definitiva, que he empezado con la mala costumbre de salir tarde del trabajo. Pero no os asustéis, estoy bastante ilusionado con lo que esto pueda dar de sí y el tiempo se me pasa volando.
Además, de vez en cuando hago un descansito y me pongo a charlar con mi compañero de despacho, Andy, un genetista algo tímido, pero buena gente. A veces alimentamos a su tarántula con pequeños insectillos que encuentro en el “atrio”, un jardincillo interior que tiene el edificio. También voy a la secretaría a dar palique a las tres secretarias; Cris (coreana), Amanda (mexicana) y Ala (hawaiano), que son tres pares de sonrisas.
El fin de semana pasado me uní a una salida de campo de la asignatura “Ecología Vegetal”, estuvimos en el “Bowl of fire”, una caldera en medio del desierto rodeada de montañas de color cobrizo. Recorrimos la zona viendo las adaptaciones de las plantas de la zona a la escasez de agua y a las grandes oscilaciones térmicas, y luego comimos en lo alto de unas peñas desde las que se contemplaba un valle inmenso y vacío que me recordó un poco a las “Cañadas del Teide”, en Tenerife. Me gustó mucho la actitud de los estudiantes, que al igual que en los seminarios y clases a los que he asistido, no paraban de hacer preguntas y de compartir conocimientos. Tienen bien metido en la cabeza eso que uno sólo aprende si participa, y es asombroso. Por otra parte, nos hizo un tiempo fabuloso y el cielo era de un azul intenso. Un día redondo.
El desierto es hermoso, pero también cruel. El primer percance que tuve en estos días fue la tormenta de arena que tuvo lugar el miércoles pasado. Hubo vientos de más de 80 km por hora, los semáforos se balanceaban sobre las avenidas, las palmeras agitaban sus melenas, y en la calle volaban cartones y ramas rotas. En un cruce de calles mi bici salio VOLANDO hacia un aparcamiento cercano (con pocos coches, por suerte), y tuve que coger un taxi. Llegué a casa tarde y con un peinado como el del cantante de los “Cure” pero “cardado” a base de viento y polvo.
Sin embargo, lo de la tormenta, más que una putada, fue una anecdotilla. Lo de hoy si que ha sido fuerte. Y es que he sido esposado (en las muñecas) por una hora. Como os lo cuento. Resulta que hoy por la mañana he ido a las oficinas de la Seguridad Social porque solicité mi tarjeta hace un mes, me dijeron que en quince días me llegaría a casa, y ya ha pasado un mes y todavía no la tengo. Le he comentado esto mismo a la funcionaria que me ha atendido y lo único que me ha dicho es que si mi nombre no figura en el buzón tengo que solicitarla de nuevo. He intentado pedirle alguna explicación más y ha seguido diciéndome la misma frase, como un disco rallado. En esto me ha empezado a cerrar la persiana eléctrica de la ventanilla y, poniendo mis manos en esta última le he dicho que me escuchara. Bueno, pues la persiana se ha parado y la tipa ha llamado a los seguratas del edificio diciéndoles que estaba impidiendo su labor y que había dañado un edificio de propiedad federal. Los seguratas me han puesto un pedazo par de esposas, me han dicho las acostumbradas frases de las películas “You have right to remain silent... etc, etc” y me han llevado al patio para que les explicara que había pasado. Por suerte han sido bastante más comprensivos que la mujer de la ventanilla, han llamado a un federal que ha comprobado mis datos, ha agradecido mi actitud “cooperativa” y ha terminado desesposándome. Sólo me ha dicho que tengo que ir a inmigración a comentarles lo ocurrido. Supongo que ya tengo “antecedentes”. Cuando se lo he contado a Lars me ha pedido disculpas y me ha dicho que no va a pasar nada. Me ha comentado, sin embargo, que tenga cuidado con algunas cosas. Pedirle explicaciones a un funcionario puede ser algo normal en España, pero aquí, donde demasiada gente tiene miedo de demasiadas cosas, puede traer problemas.
La reunión ansiada llegó, pasó, y ahora tengo unas cuantas carpetas, un puñado de libros de estadística y un CD más en mi escritorio. A todo este material he estado dedicado en cuerpo y alma durante los últimos días, especialmente el CD. El proyecto en el que voy a trabajar lleva rodando desde hace ocho años y hay LA PILA de datos. Creo que no había trabajado con archivos de excel tan grandes en mi vida, y los que os dedicáis a esto sabéis de sobra que la estadística es una novia generosa, pero que exige sus mimitos. En definitiva, que he empezado con la mala costumbre de salir tarde del trabajo. Pero no os asustéis, estoy bastante ilusionado con lo que esto pueda dar de sí y el tiempo se me pasa volando.
Además, de vez en cuando hago un descansito y me pongo a charlar con mi compañero de despacho, Andy, un genetista algo tímido, pero buena gente. A veces alimentamos a su tarántula con pequeños insectillos que encuentro en el “atrio”, un jardincillo interior que tiene el edificio. También voy a la secretaría a dar palique a las tres secretarias; Cris (coreana), Amanda (mexicana) y Ala (hawaiano), que son tres pares de sonrisas.
El fin de semana pasado me uní a una salida de campo de la asignatura “Ecología Vegetal”, estuvimos en el “Bowl of fire”, una caldera en medio del desierto rodeada de montañas de color cobrizo. Recorrimos la zona viendo las adaptaciones de las plantas de la zona a la escasez de agua y a las grandes oscilaciones térmicas, y luego comimos en lo alto de unas peñas desde las que se contemplaba un valle inmenso y vacío que me recordó un poco a las “Cañadas del Teide”, en Tenerife. Me gustó mucho la actitud de los estudiantes, que al igual que en los seminarios y clases a los que he asistido, no paraban de hacer preguntas y de compartir conocimientos. Tienen bien metido en la cabeza eso que uno sólo aprende si participa, y es asombroso. Por otra parte, nos hizo un tiempo fabuloso y el cielo era de un azul intenso. Un día redondo.
El desierto es hermoso, pero también cruel. El primer percance que tuve en estos días fue la tormenta de arena que tuvo lugar el miércoles pasado. Hubo vientos de más de 80 km por hora, los semáforos se balanceaban sobre las avenidas, las palmeras agitaban sus melenas, y en la calle volaban cartones y ramas rotas. En un cruce de calles mi bici salio VOLANDO hacia un aparcamiento cercano (con pocos coches, por suerte), y tuve que coger un taxi. Llegué a casa tarde y con un peinado como el del cantante de los “Cure” pero “cardado” a base de viento y polvo.
Sin embargo, lo de la tormenta, más que una putada, fue una anecdotilla. Lo de hoy si que ha sido fuerte. Y es que he sido esposado (en las muñecas) por una hora. Como os lo cuento. Resulta que hoy por la mañana he ido a las oficinas de la Seguridad Social porque solicité mi tarjeta hace un mes, me dijeron que en quince días me llegaría a casa, y ya ha pasado un mes y todavía no la tengo. Le he comentado esto mismo a la funcionaria que me ha atendido y lo único que me ha dicho es que si mi nombre no figura en el buzón tengo que solicitarla de nuevo. He intentado pedirle alguna explicación más y ha seguido diciéndome la misma frase, como un disco rallado. En esto me ha empezado a cerrar la persiana eléctrica de la ventanilla y, poniendo mis manos en esta última le he dicho que me escuchara. Bueno, pues la persiana se ha parado y la tipa ha llamado a los seguratas del edificio diciéndoles que estaba impidiendo su labor y que había dañado un edificio de propiedad federal. Los seguratas me han puesto un pedazo par de esposas, me han dicho las acostumbradas frases de las películas “You have right to remain silent... etc, etc” y me han llevado al patio para que les explicara que había pasado. Por suerte han sido bastante más comprensivos que la mujer de la ventanilla, han llamado a un federal que ha comprobado mis datos, ha agradecido mi actitud “cooperativa” y ha terminado desesposándome. Sólo me ha dicho que tengo que ir a inmigración a comentarles lo ocurrido. Supongo que ya tengo “antecedentes”. Cuando se lo he contado a Lars me ha pedido disculpas y me ha dicho que no va a pasar nada. Me ha comentado, sin embargo, que tenga cuidado con algunas cosas. Pedirle explicaciones a un funcionario puede ser algo normal en España, pero aquí, donde demasiada gente tiene miedo de demasiadas cosas, puede traer problemas.
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