Hoy podría contaros que antes de semana santa estuve a punto de morir de curro (pedir una “Juan de la Cierva” a distancia es lo que tiene), que durante la semana santa vino a visitarme mi familia, y que estos días atrás he tratado de recuperar la rutina y sacar buenos resultados para el proyecto (hay cosas que no están saliendo como esperábamos y tanto mi jefe, como yo, como el resto de la gente con la que trabajamos, empezamos a ponernos nerviosos). Sí, hoy podría contaros todo eso y un montón de anecdotillas más o menos graciosas, pero no me apetece. Y no es que esté de mal rollo, nada que ver, lo que ocurre es que dentro de poco van a hacer tres meses desde que llegué a este rincón del mundo y llevo unos días haciendo una especie de “evaluación” de lo que ha sido mi estancia aquí.
La verdad es que no me ha ido mal. Como os he dicho tantas veces en estos correos y en alguno a título personal que os he escrito, estoy muy a gusto en el trabajo, donde recibo un trato exquisito por parte de mi jefe y del personal del departamento, y el tiempo me cunde muchísimo, la casa en la que vivo es un lugar que emana cordialidad y ya empiezo a conocer gente con la que hago cosas. En cuanto a los fines de semana, alguno he dormido la mona o he ido a currar al depar, pero han sido los menos. No estoy saliendo tanto como en Madrid, pero me escapo con más frecuencia. Las Vegas es un lugar privilegiado para descubrir la naturaleza del suroeste. En un radio de 400 km tengo más de treinta espacios protegidos (montañas espléndidas, dunas, desiertos, altiplanicies, cañones), y como los estadounidenses miman sus parques, siempre es un placer visitar cualquiera de ellos.
Si me escapo es, sin embargo, porque todavía no logro acostumbrarme a la ciudad en sí más allá del curro. Y no me refiero tanto al rollo “freak” de los casinos, que en dosis justas, tiene su gracia, sino a todo lo demás, a los inmensamente extensos barrios de “casitas” (algunas “monas” y otras no tanto) que se extienden alrededor de estos a lo largo de varios miles de kilómetros cuadrados. Este es el problema, los inmensos “suburb” que constituyen Las Vegas en realidad. Perdonad que insista en el tema, no quiero resultar quejica, pero este estilo de vida en el que cada uno vive a su puta bola y hace falta coger el coche (en mi caso la bicicleta), hasta para explotarse un grano, no va conmigo.
Y que se puede hacer un fin de semana en Las Vegas a parte de darse rulos por los “casinos”, asistir a sus “espectáculos” o tomarse una copilla. Pues no mucho. Las instalaciones deportivas brillan por su ausencia (hay sólo UNA piscina cubierta en toda la ciudad, es decir 1.200.000 habitantes), en la mayor parte de las librerías (a excepción de la de la universidad), sólo venden formularios legales, biblias y libros de autoayuda. Los teatros están en los casinos y tan sólo he visto un par de complejos de multicines. Comparad con cualquier ciudad española (o de otros países del mundo) de la misma población, y os daréis cuenta de lo que os hablo. Más allá del mundo académico en el que me muevo día a día existe otro mundo bien distinto, y este es bastante mediocre, feote, y más bien soso. Ahora entiendo porque algunas universidades de los EEUU como Princeton o Stanford están donde cristo perdió el mechero, alejadas de todo. Bueno, y en cuanto a la militancia, mejor ni hablamos; si estuviera en Los Ángeles o San Francisco habría posibilidades, pero aquí, hace tiempo que me di por vencido.
Alguno de vosotros me dijo que si el único problema es la estructura de la ciudad, entonces no es tan grave. El problema es que la estructura de los lugares donde vivimos condiciona la forma en que pensamos y nos relacionamos los unos con los otros. Si no hago vida de barrio es porque el “barrio” no está en ninguna parte. Esta ciudad no es una ciudad al modo de las nuestras, es un mero reflejo territorial de la actividad económica, de esta sociedad, que no es si no una “cancha” en la que cada uno puja por sacarse más dólares que el vecino. El sentido de “comunidad” es bastante débil en los EEUU, y en esta ciudad, edificada de la noche a la mañana, lo es aún más. Esto no es una sociedad, es una cancha En Europa, o en América latina, una parte importante de la gente aspiran a “vivir bien”, a tener sus necesidades cubiertas, a ser felices, a disfrutar, tal vez, de algún capricho especial. Aquí, mucha gente aspira a “hacerse rica”. Va más allá de la charla de hace un par de semanas, son las otras tantas similares que vi anunciadas, los CDs con cursillos sobre el tema que anuncian en la “teletienda”, las “auditorias” de la “Iglesia de la Cienciología”... la obsesión por el éxito personal está en todas partes.
¡¡Todo es tan aséptico!!. De no ser por la gasolinera, por el diminuto “Lorenzi Park”, lleno de “homeless” pidiendo cigarrillos y dólares sueltos, y el “Ranch supermarket” con sus vendedoras de tamales, a veces uno tiene la sensación de que la VIDA, así, en mayúsculas, es algo ajeno, que queda ahí fuera; en las grandes ciudades del país, en el ruido y el humo de nuestros bares, en ése mundo revuelto en el que hay personas que montan una fiesta con una lata vacía y una botella de ron, y otras que pasan hambre, o que tiran piedras, o que cruzan fronteras. Los casinos no son sino un decorado para turistas. Las Vegas es una ciudad diseñada para pasar un par de días en ella. Concha Buika (la cantante flamenca), estuvo viviendo seis meses aquí, haciendo imitaciones de Tina Turner, y la semana pasada leí un par de cosas que dijo sobre la ciudad en una entrevista que la hicieron en “El País”. Pues bien, las subrayo totalmente.
Pese a todo, estoy contento porque la jugada no me está saliendo mal. He descubierto las cosas que me gustan de vivir aquí, y con ellas ando. Sin embargo, tengo más claro que nunca que no me gusta la forma de vivir de esta gente, EEUU es un sitio que hay que conocer, esta bien para pasarse una temporada, centrarse en el curro, mejorar el inglés y experimentar “el imperio” desde dentro, pero ya. Nuestra forma de vivir (y la de otra gente en otros países del mundo), es mucho más sana.
Bueno, ya habéis leído bastante por hoy. Deciros que en el blog he puesto algunas fotillo de esta semana santa, del “Mount Charleston” y del Gran Cañón. Y han quedado bien chulas.
La verdad es que no me ha ido mal. Como os he dicho tantas veces en estos correos y en alguno a título personal que os he escrito, estoy muy a gusto en el trabajo, donde recibo un trato exquisito por parte de mi jefe y del personal del departamento, y el tiempo me cunde muchísimo, la casa en la que vivo es un lugar que emana cordialidad y ya empiezo a conocer gente con la que hago cosas. En cuanto a los fines de semana, alguno he dormido la mona o he ido a currar al depar, pero han sido los menos. No estoy saliendo tanto como en Madrid, pero me escapo con más frecuencia. Las Vegas es un lugar privilegiado para descubrir la naturaleza del suroeste. En un radio de 400 km tengo más de treinta espacios protegidos (montañas espléndidas, dunas, desiertos, altiplanicies, cañones), y como los estadounidenses miman sus parques, siempre es un placer visitar cualquiera de ellos.
Si me escapo es, sin embargo, porque todavía no logro acostumbrarme a la ciudad en sí más allá del curro. Y no me refiero tanto al rollo “freak” de los casinos, que en dosis justas, tiene su gracia, sino a todo lo demás, a los inmensamente extensos barrios de “casitas” (algunas “monas” y otras no tanto) que se extienden alrededor de estos a lo largo de varios miles de kilómetros cuadrados. Este es el problema, los inmensos “suburb” que constituyen Las Vegas en realidad. Perdonad que insista en el tema, no quiero resultar quejica, pero este estilo de vida en el que cada uno vive a su puta bola y hace falta coger el coche (en mi caso la bicicleta), hasta para explotarse un grano, no va conmigo.
Y que se puede hacer un fin de semana en Las Vegas a parte de darse rulos por los “casinos”, asistir a sus “espectáculos” o tomarse una copilla. Pues no mucho. Las instalaciones deportivas brillan por su ausencia (hay sólo UNA piscina cubierta en toda la ciudad, es decir 1.200.000 habitantes), en la mayor parte de las librerías (a excepción de la de la universidad), sólo venden formularios legales, biblias y libros de autoayuda. Los teatros están en los casinos y tan sólo he visto un par de complejos de multicines. Comparad con cualquier ciudad española (o de otros países del mundo) de la misma población, y os daréis cuenta de lo que os hablo. Más allá del mundo académico en el que me muevo día a día existe otro mundo bien distinto, y este es bastante mediocre, feote, y más bien soso. Ahora entiendo porque algunas universidades de los EEUU como Princeton o Stanford están donde cristo perdió el mechero, alejadas de todo. Bueno, y en cuanto a la militancia, mejor ni hablamos; si estuviera en Los Ángeles o San Francisco habría posibilidades, pero aquí, hace tiempo que me di por vencido.
Alguno de vosotros me dijo que si el único problema es la estructura de la ciudad, entonces no es tan grave. El problema es que la estructura de los lugares donde vivimos condiciona la forma en que pensamos y nos relacionamos los unos con los otros. Si no hago vida de barrio es porque el “barrio” no está en ninguna parte. Esta ciudad no es una ciudad al modo de las nuestras, es un mero reflejo territorial de la actividad económica, de esta sociedad, que no es si no una “cancha” en la que cada uno puja por sacarse más dólares que el vecino. El sentido de “comunidad” es bastante débil en los EEUU, y en esta ciudad, edificada de la noche a la mañana, lo es aún más. Esto no es una sociedad, es una cancha En Europa, o en América latina, una parte importante de la gente aspiran a “vivir bien”, a tener sus necesidades cubiertas, a ser felices, a disfrutar, tal vez, de algún capricho especial. Aquí, mucha gente aspira a “hacerse rica”. Va más allá de la charla de hace un par de semanas, son las otras tantas similares que vi anunciadas, los CDs con cursillos sobre el tema que anuncian en la “teletienda”, las “auditorias” de la “Iglesia de la Cienciología”... la obsesión por el éxito personal está en todas partes.
¡¡Todo es tan aséptico!!. De no ser por la gasolinera, por el diminuto “Lorenzi Park”, lleno de “homeless” pidiendo cigarrillos y dólares sueltos, y el “Ranch supermarket” con sus vendedoras de tamales, a veces uno tiene la sensación de que la VIDA, así, en mayúsculas, es algo ajeno, que queda ahí fuera; en las grandes ciudades del país, en el ruido y el humo de nuestros bares, en ése mundo revuelto en el que hay personas que montan una fiesta con una lata vacía y una botella de ron, y otras que pasan hambre, o que tiran piedras, o que cruzan fronteras. Los casinos no son sino un decorado para turistas. Las Vegas es una ciudad diseñada para pasar un par de días en ella. Concha Buika (la cantante flamenca), estuvo viviendo seis meses aquí, haciendo imitaciones de Tina Turner, y la semana pasada leí un par de cosas que dijo sobre la ciudad en una entrevista que la hicieron en “El País”. Pues bien, las subrayo totalmente.
Pese a todo, estoy contento porque la jugada no me está saliendo mal. He descubierto las cosas que me gustan de vivir aquí, y con ellas ando. Sin embargo, tengo más claro que nunca que no me gusta la forma de vivir de esta gente, EEUU es un sitio que hay que conocer, esta bien para pasarse una temporada, centrarse en el curro, mejorar el inglés y experimentar “el imperio” desde dentro, pero ya. Nuestra forma de vivir (y la de otra gente en otros países del mundo), es mucho más sana.
Bueno, ya habéis leído bastante por hoy. Deciros que en el blog he puesto algunas fotillo de esta semana santa, del “Mount Charleston” y del Gran Cañón. Y han quedado bien chulas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario